Un dato estadístico que impacta y llama mucho la atención es la casuística reiterada de periodistas argentinos sufriendo patologías de idiotismo y odio generalizado. Empezando por Jorge Lanata, siempre del lado del más débil, que no se puede recuperar del mal de “la sangre en el ojo”, coágulo inextirpable; o el caso del dúo poco dinámico Bonelli/Alfano, con serios trastornos de personalidad que derivan en problemas de pronunciación; o el tratamiento que debe seguir Nelson Castro por una patología de la patología de la patología…, el hombre que ve enfermedades por todas partes, o la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio; o el caso de Ernestito Tenembaum, que nadie sabe “qué le pasó” y que sufrió una afección en la piel parecida, más bien, aun sarpullido de rencor e impotencia. Si a esta secuencia agregamos a Magdalena Ruiz Guiñazú y el constante endurecimiento muscular que sufre (Mal de Boston), son datos inquietantes y curiosos de este momento.
Algo tiene que haber ocurrido en el caso de Magdalena para que sus médicos hayan decidido hacer un chequeo, que no es propio de rutina. Estuvo muy bien quien pensó que era necesario investigar la posibilidad de una afección así, aunque encontró la patología en un momento tardío desde el punto de vista médico; su odio no está localizado y se ha extendido a todas las extremidades y órganos. Esto es muy importante, pero negativo, porque augura un mal pronóstico.
El tratamiento, en estos casos, consiste en la extirpación quirúrgica de los órganos afectados, un control y lo que se llama terapéutica del reemplazo, que consiste en el suministro de dosis de amor a través de la consideración del “otro”, para compensar el déficit de piedad y comprensión que origina, precisamente, el endurecimiento muscular.
No hay posibilidad de operación en este caso, eso implicaría despojar a Magdalena de su cuerpo todo, aunque la gente del hospital sea de primer nivel.
Esta circunstancia pone de manifiesto, una vez más, la asociación muy fuerte que existe entre periodismo e idiotez. Y, obviamente, marca el impacto social que una afección de este tipo puede provocar en un periodista con un concepto absolutista de la verdad, sin tolerancia, con lo que el impacto se va a sentir mucho más.
Es raro pensar que en días de convalecencia los periodistas se alejarán de su trabajo destituyente, basado en el odio y la idiotez, la ceguera. Conociendo como es el ejercicio periodístico en la Argentina, es impensable que se desinteresen de las políticas que afectan a los intereses de sus patrones, y más aún, si se tiene en cuenta su patética tendencia a la sumisión, que han exhibido en estos años.
También hay un componente personal de la familia periodística (Noble-Mitre, sobre todo) sobre el que hay que reflexionar. Dado lo que ya pasó con muchos de ellos, hay una saga que se abate sobre la familia, dato que impacta más aún.
Cuando uno habla de que el periodismo idiotiza y la idiotez del periodismo, se ve, por la reiterada casuística que exhiben la historia y el presente de Argentina, que no es una frase hecha, sino que es parte de la realidad.

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